Reflexiones

Soy geógrafa titulada de la Universidad Austral de Chile (2018), y me interesa explorar los vínculos entre las personas, los lugares y la vida cotidiana. Creo profundamente en la importancia de mirar el territorio con sensibilidad, entendiendo que en él se entrelazan nuestras historias, nuestras formas de habitar y también nuestras responsabilidades.

A través de este espacio, quiero compartir aprendizajes, reflexiones y herramientas que nos ayuden a comprender mejor el entorno que habitamos: nuestras comunidades, los paisajes que nos sostienen y los seres con quienes convivimos – humanos y no humanos.

Los Vecinos Invisibles del Sur

 En muchas ciudades y pueblos del sur de Chile, los animales callejeros son parte del paisaje cotidiano. Están en las esquinas, en los terminales, en las ferias y en los caminos rurales. Algunos tienen nombre y alguien que les da de comer; otros sobreviven entre lluvias, autos y miradas que los esquivan. Con el tiempo, uno empieza a reconocerlos, como si fueran vecinos silenciosos de la vida urbana.

Pero más allá de la ternura o la costumbre, su presencia nos interpela. La sobrepoblación de perros y gatos en las calles no ocurre por casualidad. Es una consecuencia directa de nuestras formas de relacionarnos con los otros seres que comparten el territorio, de cómo entendemos la responsabilidad, el cuidado y la convivencia.

Desde la geografía, el territorio no se reduce al suelo o al mapa: es un entramado de vínculos, usos y significados. Y en ese entramado, los animales también participan. Ellos forman parte del espacio vivido, de la memoria del barrio, del modo en que habitamos. Por eso, hablar del abandono animal es hablar del territorio, de cómo lo organizamos y de las relaciones que decidimos sostener —o dejar caer— dentro de él.

En el sur, donde las lluvias son largas y el frío cala hondo, y las ciudades crecen entre cerros y humedales, el problema del abandono se vuelve visible en la cotidianidad: en los perros que siguen a los buses escolares, en las manadas que deambulan por los parques, en los gatos que colonizan los galpones abandonados. Cada uno de ellos nos recuerda que hay vidas que hemos dejado fuera de nuestras prioridades colectivas.

Pensar los animales callejeros desde el territorio implica ir más allá de la compasión individual. Es reconocer que nuestro modo de habitar también se expresa en cómo compartimos el espacio con otras especies. Que la ética territorial no solo tiene que ver con la planificación o el medio ambiente, sino con la empatía, la responsabilidad y el cuidado cotidiano.

Quizás una ciudad verdaderamente viva sea aquella que logra convivir con respeto y cuidado, donde humanos y animales pueden compartir el espacio sin violencia ni indiferencia. Un entorno habitado donde el bienestar no se mida solo en metros cuadrados o servicios, sino en la capacidad de acoger la vida que lo habita. Los animales callejeros no son solo un problema a resolver: son un espejo de nuestra sociedad. En su vulnerabilidad se reflejan nuestras omisiones, pero también nuestra medida ética y la posibilidad de construir un territorio verdaderamente humano.

KLD.